Cerebro interrumpido

Los avances tecnológicos nos han suministrado numerosas oportunidades y abundantes artilugios que atraen nuestra atención (y dedicación). Podemos comunicarnos por teléfono con total facilidad, chequear Twitter, subir noticias a Facebook, colgar imágenes en YouTube y leer este comentario, prácticamente de forma simultánea. Incluso, en el trabajo, redactamos informes y chequeamos el correo electrónico casi simultáneamente, aunque perjudicando algo nuestro pensamiento.

¿Qué configura la distracción? ¿Significa que si recibimos simultáneamente un llamado telefónico y un correo electrónico disminuye la capacidad en el cerebro? En términos de distracción ¿esta interrupción, nos hace más ineptos? Las últimas investigaciones realizadas en el Human-Computer Interaction Lab de la Universidad Carnegie Mellon parecen confirmarlo.

Abundantes debates se han producido entre los investigadores sobre el impacto de los artilugios electrónicos de nuestro cerebro. La mayoría de ellos se han centrado en el efecto de deterioro por la multitarea. Los primeros resultados muestran lo que la mayoría de nosotros considera implícito: cuando se hacen dos cosas a la vez, ambos esfuerzos sufren.

De hecho, la multitarea es poco apropiada, inconveniente. En la mayoría de los casos, la persona que realiza malabarismos con su correo electrónico, mensajes de texto o Facebook en medio de una reunión de trabajo lo que está haciendo realmente es lo conocido como “alterne rápido entre tareas”, enganchándose en constantes cambios de contexto.

Como se sabe en economía, alternar tareas genera costes; pero ¿de qué cuantía? Cuando un cliente cambia de banco o una compañía de proveedores resulta sencillo cuantificar los costes asociados. Cuando el cerebro alterna tareas, el coste es más complejo de calcular.

Ha habido algunos intentos para conocer los efectos. Por ejemplo, se ha documentado que un trabajador de administración sólo tiene 11 minutos entre cada interrupción, mientras que requiere de 25 minutos para retornar a la tarea original, luego de la interrupción. Sin embargo, poco ha sido investigado sobre la calidad del trabajo realizado durante esos períodos de cambio y sobre la pérdida de poder en el cerebro cuando se produce una interrupción.

Para simular el efecto de una llamada inesperada o un correo electrónico, se analizaron una serie de voluntarios que realizaron un test sobre capacidades cognitivas habituales. En el experimento, 136 sujetos fueron solicitados a leer un breve texto y a contestar una serie de preguntas sobre él. Se diferenciaron tres grupos de sujetos; uno simplemente cumplimentaba el test. Los otros dos fueron avisados que podrían ser contactados en cualquier momento para darles mayor información, mediante mensajes de texto.

Durante el test inicial, el segundo y tercer grupo fueron interrumpidos en dos ocasiones. Entonces, un segundo test fue administrado, pero esta vez sólo el segundo grupo fue interrumpido. El tercer grupo esperaba una interrupción que nunca se produjo. Estos grupos se podrían identificar como “de control”, “interrumpido” y “en continua alerta”.

Se esperaba que el grupo “interrumpido” produjera algunos errores, pero los resultados obtenidos fueron verdaderamente más sombríos, especialmente para los que se consideraban a sí mismos como multitareas: en el primer test, ambos grupos de “interrumpidos” contestaron correctamente el 20 por ciento menos que los miembros del “grupo de control”.

En otras palabras, la distracción por una interrupción, combinada con la expectativa del cerebro a prepararse para la interrupción, hacía a los sujetos un 20 por ciento más ineptos. Sería suficiente para que un examen aprobado de un alumno pasara a ser suspendido.

En la parte segunda del experimento, los resultados fueron menos sombríos. En este caso, algunos integrantes del grupo fueron advertidos que serían interrumpidos, aunque se los dejó que se enfocaran en las preguntas. Nuevamente, el grupo “interrumpidos” tuvo menor desempeño que el “grupo de control”, aunque disminuyendo el gap a un respetable 14 por ciento. El resultado sugiere que las personas que experimentan una interrupción y esperan otra, pueden aprender a cómo gestionarla mejor.

Pero en el grupo “en continua alerta” se manifestó un sesgo. Aquellos que fueron advertidos de la interrupción que nunca se produjo mejoraron con un abrumador 43 por ciento, e incluso superaron al grupo de control que actuaba sin presiones. Sugiere la consecuencia de una explicación simple: los participantes aprendieron de su experiencia, y sus cerebros se adaptaron. De alguna forma, parecería que pusieron en orden el poder del cerebro para superar las interrupciones, o quizás el potencial de las interrupciones sirvió como una especie de límite, que contribuye a un mejor enfoque.

Se ha concluido que aquellos incapaces de resistir a la tentación de hacer dos cosas a la vez serían como “ventosas de irrelevancia”. Hay alguna evidencia que además de ser succionados por los nuevos mensajes de texto (o adictos a ellos) son además desprovistos de cierto poder del cerebro. Sin embargo, lo que los estudios también demuestran es que resulta posible auto entrenarse para las distracciones, aún desconociendo cuando se producirán efectivamente.

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El Autor

Roberto Álvarez del Blanco

Es una de las principales autorida- des internacionales en marketing y estrategia de marca. Profesor del IE Business School.

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